Lúz en los médanos

(30/DIC/2002)

Siempre me han llamado la atención este tipo de lugares, tal vez sea por todo lo escrito respecto de estos artefactos, que buena ayuda han dado y dan a la navegación. Y si a esto le agrego que veo su luz cada noche que paso en Pinamar, la curiosidad no se agota nunca.

El artefacto en cuestión, no tiene otro objeto que el de iluminar el mar para marcar una punta, un accidente geográfico de la topografía, y así, el navegante al ver la luz y conociendo aproximadamente su posición, consulta la carta de navegación y puede saber dónde se encuentra. Esa es toda la tarea de un faro. El Faro de Punta Médanos, está situado en la Provincia de Buenos Aires, a seis millas al norte de la punta Médanos y a quinientos metros de la línea de altas mareas del Océano Atlántico (unos trescientos cincuenta kilómetros al sur de la Ciudad de Buenos Aires).

La punta fue descubierta por la expedición de Magallanes, el siete de febrero de 1520, siendo denominada "Cabo de Santa Polonia". Pero el nombre de Médanos aparece por primera vez en la carta de Lángara de 1798, en la posición que ocupa en la actualidad la punta Querandí (donde se encuentra el faro Querandí, al sur de la ciudad atlántica de Villa Gesell), figurando en esa forma en cartas de 1810. Posteriormente en cartas de 1820 se transfiere el nombre de Punta Médanos a la antigua Punta Sud del cabo San Antonio, siendo así conocida hasta la fecha. El cabo San Antonio va desde Punta Rasa (punta sur de la Bahía Samborombón) hasta la Punta Médanos; al norte de este cabo está la ciudad de San Clemente del Tuyú y al sur la Punta Médanos (al sur de la ciudad de Mar de Ajó y al norte de la ciudad de Pinamar).

Ya había ido otras veces a este enigmático lugar del que varios naufragios dan una evidencia más de su necesaria presencia, ya que la zona de Punta Médanos posee un banco de arena de 1,5 km de ancho y 3 km de largo que torna peligrosa la navegación.
La punta geográfica y la profundidad del mar, le valieron proyectos de construcción de un puerto de aguas profundas, que obviamente no se concretaron nunca, ni siquiera un amarradero.
El acceso desde la ruta provincial 11 no hace menos que auyentar al visitante: un camino en aceptables condiciones, pero ninguna señalización (salvo el desvío desde la ruta), y nula iluminación. La arena que ha ganado la ruta en algunos lugares mantiene vivo el recuerdo de los malogrados colonos belgas que se hicieron pioneros muy cerca de este lugar con su proyecto turístico en Ostende (el primer pueblo de la costa atlántica argentina; cuyo proyecto quedó imposibilitado por no saber cómo dominar los médanos móviles).

El faro se aprecia desde la ruta provincial, pero desde el acceso se pierde por el frondoso bosque que agrupa las dependencias. Luego del aventurero transitar por el acceso, irrumpe frente a uno la cúspide del faro. Las tranqueras cerradas son el primer obstáculo, que sorteamos por la presencia de un lugareño que administra el camping local.

Luego de quinientos metros pasados las tranqueras, aparece la colosal obra de hierro y vidrio, que solo ilumina. El faro de Punta Médanos –que toma el nombre del accidente geográfico homónimo– es una torre metálica troncopiramidal, con tres pilotes de hierro que hacen de trípode para sujetar el tronco principal. Fue diseño de la empresa Barbier, Benard et Turenne, de París.
Fue levantado cincuenta y nueve metros desde el piso, y cuenta con una instalación eléctrica por grupo electrógeno y posee un equipo de emergencia a gas con alcance reducido. Es el único faro que en la actualidad no es automático. Allí, las dependencias para las reparaciones y mantenimiento de rutina, los dos motores para la energía y la vivienda del personal son lo único que acompaña a este artefacto, que fuera puesto en servicio el nueve de julio de 1893 (el terreno que fuera propiedad del Sr. Cobo, fue expropiado por ley 2769 ya que el propietario se negaba a venderlo o donarlo).


La tarde caminaba lentamente a ocultarse en la noche, el grupo electrógeno había iniciado su tarea de cargar las baterías y solo restaba aguardar a que los potentes cristales de aumento comiencen a disipar la luz hacia el océano, momento más que óptimo para tomar unas fotos. Pero tal cosa se demoraría por unas dos horas. Así que fue tiempo más que aceptable para recorrer el lugar.

Allí encontramos el desguace de los corroídos esqueletos que fueron los trípodes originales (cambiados en 1998), más los despojos de un mástil que acusa el naufragio del vapor alemán "Anna de Hamburgo", quien víctima de algúna maldición del dios Neptuno, conoció de múltiples varaduras en nuestra cosas. Botado en 1872, quedó varado en Punta Arenas en 1873 donde pudo ser reflotado, pero el 23 de enero de 1878 encalla en la zona de Punta Médanos quedando definitivamente sobre la playa a unos dos mil metros al sur del faro, para dar un dantesco espectáculo: hace muchos años, cuando la única ruta por estos lares era la propia playa, fue abierto a soplete, lo que incrementó el deterioro del casco.

Y luego, la inmensidad de la playa: unos setecientos metros para llegar al contacto con el agua desde las dunas que circundan el bosque. El faro, al igual que todos los sistemas de señalización y balizamiento naval del país depende del Servicio de Hidrografía Naval de la Armada, por lo cual un Guardiamarina uniformado se hizo presente para adentrarnos en algunos detalles (de los cuales, por ejemplo, se puede citar que no se admiten más visitas al interior de la torre producto del deterioro logrado por la corrosión del hierro). El guardiamarina vive allí con su familia, hasta el próximo destino que será en unos cinco años, pero bien, al menos recibe televisión satelital.

El terrible viento y el vuelo de arena nos echó de la playa, y así junto al amigo Paul 'r Brython se produjo una cita con una cerveza que casualmente pasaba por allí. Grato momento para platicar sobre varias cosas pero entre ellas el objeto de la visita que nos llevó a una gran ambigüedad.
Un pequeño aparato nos llevó a una increíble contradicción, toda una majestuosa obra, dotación de personal y equipo, solo para iluminar, e iluminar el océano para tomar como referencia y así ubicarse en el mar. Un momento fabuloso, ya que estabamos por achicar ciento nueve años con solo girar la cabeza: el indicador de nuestro GPS informaba 36º 53' 00" de latitud sur y 56º 40' 48" de longitud oeste. Un pequeño aparato nos daba evidencia precisa con un margen de error de un metro nuestra posición en el planeta, la misma del faro, y allí su columna lista para iluminar como lo viene haciendo desde 1893. El instante fue increíble: la lectura del GPS y levantar la cabeza para ver el faro que comenzaba su tarea nocturna de dar luz. Nuestra simpleza actual para ubicarnos contrastaba con el faro y con los ruines objetos presentes de los naufragios.

Carrera veloz a las dunas entre la playa y el bosque para hacer unas fotos. Algunas lentas para tomar todo el recorrido del blanco haz de luz, y otras complicadas por el viento. Y como la noche se hizo techo, solo quedaba tomar desde la base misma del faro. No fue posible, un molesto integrante de la dotación dispuso rejas al camino.


Pero la experiencia fue intensa. La contradicción tecnológica había dado sentencia: hasta cuándo existirán este tipo de lugares? ¿Cuándo estos artefactos no marcarán más la topografía? ¿Habrá un momento de eterno día para el faro?
El lugar parecía haberse enterado de todo ello. Los árboles se agitaban y una molesta llovizna se hizo presente, todo para dar más espectáculo cinematográfico. Arena que volaba, junto a lámparas que se agitaban. Tensores que se movían, que bien podrían emular obenques de velas en plena tempestad. Acaso los espíritus de antiguos guardafaros se hicieron presentes para expulsarnos?
Una cosa es cierta, el GPS es mejor pero no tiene nada de esto, y nunca lo tendrá. Nunca sabrá de escoras en que velámen, palos, cuadernas y quillas se debatían entre la flotación y el naufragio. Jamás conocerá de tempestades y auxilios en que almas encomiadas a los dioses rezaban para dar con la luz de un faro y así poder ubicarse en la inmensidad oceánica para tratar de no encallar.


Espero morir antes de ver el último faro no encender jamás.


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